Cúpulas porteñas: Las más buscadas, las que se perdieron y los rooftops icónicos de la ciudad
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Rooftops, ateliers, miradores, intervenciones artísticas, proyecciones de mapping, catas de vino, salas teatrales, de coworking y de fiestas se han adueñado de los nuevos íconos “instagrameables” de la ciudad, las cúpulas y remates notables porteños.
Turistas locales y extranjeros, creadores de contenido digital, fotógrafos y guías de turismo intentan –con suerte dispar–, acceder a las cumbres arquitectónicas de la Reina del Plata.
¿Las cúpulas más buscadas? La restaurada de la Confitería del Molino, las tres de las Torres Bencich, separadas por la Diagonal Norte, la casi inexpugnable doble cúpula del Congreso de la Nación, el mirador semidesnudo de la Galería Güemes, el observatorio de vidrio y metal de Alsina 1762 (casi avenida Entre Ríos), –capricho del matemático Claro Cornelio Dassen–, el faro de la Galería Barolo o las gemelas de La Inmobiliaria, casa de renta y locales que Antonio Devoto inauguró ex profeso el 25 de Mayo de 1910, conmemorando el primer Centenario de la Revolución de Mayo.
No todas son propiamente domos, como se los conoce o inglés, bóvedas o calotas. Hay remates en otras formas geométricas: piramidales, ojivales, sobre columnas (estilo templete), ciegas, con techo de mansarda –que incluye ventanas como condición sine qua non–, o simplemente remates monumentales con grupos escultóricos, obeliscos o miradores rodeados de crestería.
Hasta 1996, gracias a la reforma que estableció su plena autonomía, la capital de Argentina se llamaba en las actas oficiales “Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre” y fue establecida en una planicie cruzada por riachos o zanjones con numerosos esteros o bañados. No había buena madera para construir, predominaba el tala, pero su fino tronco servía apenas para leña y ebanistería, no para edificar. Tampoco el suelo proveía rocas para apilar y generar una arquitectura permanente. Se construía con adobe, ladrillones y tejas “musleras” –hechas sobre los muslos de los indios de las misiones religiosas–, pero no han quedado vestigios de construcciones precolombinas en la ciudad y sus proximidades.
Los primeros domos porteños fueron, naturalmente, los remates de las iglesias, como los muestran las primeras pinturas que pasaron a ser grabados que retrataron el crecimiento vertical de la esforzada y precaria creación de Juan de Garay.
En la medianera entre la administración del cementerio de la Recoleta y la Iglesia del Pilar, hay una reproducción de una pintura de uno de los primeros retratistas de la ciudad, llamado Ferdinando Brambila, nacido en Fara Gera d’Adda, en la Lombardía, educado en la Academia de Brera, que luego castellanizó su nombre por su largo servicio a la corona española. Brambila visitó nuestras costas en calidad de pintor de la Expedición Científica de Alessandro Malaspina, que tuvo lugar entre 1791 y 1794, e incluyó América, Asia y Oceanía. Allí, embellecidos con licencia artística, aparecen los templos de San Pedro Telmo, San Ignacio, San Francisco, la Catedral y el Pilar.
Ese era el panorama porteño en las postrimerías del siglo XVIII, pero los materiales de construcción eran tan precarios, que la cúpula de la catedral se desmoronó tres veces, en una zona de baja actividad sísmica como la cuenca del Río de la Plata.
Las estadísticas del censo de 1869 ratifican la épica de la Generación del 80 y la burguesía comercial extranjera que vino a hacer la América. Ellos elevaron el estatus de Buenos Aires de una aldea a una metrópolis llena de cúpulas. Sólo en Buenos Aires había 33 arquitectos, 121 ingenieros, 33 ebanistas, 1 estucador, 1 cerrajero, 5 constructores, 84 capataces, 3258 albañiles, 14 ladrilleros, 1301 herreros, 72 escultores, 104 marmolistas, 79 picapedreros, 2 plomeros, 24 silleteros, 4 techadores, 27 yeseros y 1 zinguero.
Para poner en contexto profesional, las cifras revelan que había 32 limpiabotas (uno menos que los arquitectos, que, a su vez, eran 5 menos que los maiceros), las lavanderas porteñas eran 97 más que los albañiles, había tantos peineteros como fabricantes de ladrillos y las meretrices le sacaban 64 personas de ventaja la dotación de ingenieros.
Así se levantó esta ciudad, una verdadera proeza de los inmigrantes y gracias a las estructuras métalicas de Vasena, las columnas del taller de los Zamboni y las vigas y losas de hormigón armado de la Compañía Argentina de Cemento Portland.
Muchos domos y remates notables se han perdido en múltiples circunstancias: aperturas o ensanches de avenidas, incendios, bombardeos, desidia o imposibilidad de sus dueños de mantenerlas ante un deterioro mayúsculo. Nada se puede hacer en las obras demolidas hasta los cimientos, pero quizás, algún día, acciones de micromecenazgo estatales y privadas –como está ocurriendo en otras ciudades del mundo– puedan recuperar estas cúpulas.
En 2018, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires demostró que era posible, al darle nueva vida a la cúpula art nouveau del Hotel Chile en Avenida de Mayo y Santiago de Estero, y el remate piramidal rehecho de una de las torres de edificio de renta de Saint en la calle Perón 2630, en 2019, dentro del Plan Once Peatonal.
El Congreso de la Nación ha repuesto, recreados con tecnología aplicada a la restauración, los dos grupos escultóricos que hizo Lola Mora flanqueando la entrada de honor y los leones alados que custodiaban la cúpula cónica de la Confitería del Molino.
Intentar una clasificación sin gráficos, secciones y flechas es muy complejo, pero es un trabajo que abordaron el arquitecto Néstor J. Zakim, en su libro Cúpulas, remates y miradores de Buenos Aires (2015), editado por la Dirección General de Patrimonio e Instituto Histórico y los periodistas Federico y Marlú Kirbus, en su obra póstuma Cúpulas de Buenos Aires, las más bellas alturas porteñas, donde reseñan 125 de este tipo de construcciones.
Claro que no son todas. La lista sería interminable y cada semana aparecen nuevas fotos en grupos de Facebook, donde una legión de investigadores –profesionales o amateurs– van armando colaborativamente la memoria arquitectónica de la otrora París de Sudamérica.
Para muchos, el primer rooftop porteño fue el del Alvear Palace Hotel, erigido en 1932, con sus mesas en la terraza y el Río de la Plata en todo su esplendor. Sin embargo, la evidencia fotográfica muestra a otros dos pioneros, desaparecidos ambos: el del edificio del Hotel Majestic, de Santiago del Estero y Avenida de Mayo de 1909 y la terraza del edificio de Gath & Chaves, en Florida y Perón, de 1912.
El viejo edificio de la municipalidad porteña, obra proyectada por Juan Antonio Buschiazzo y dirigida, entre 1891 y 1902, por Juan Cagnoni, en Bolívar 1, perdió su ojiva característica en un siniestro a raíz de una soldadura. La edición de La Nación del miércoles 3 de marzo de 1941, consigna el nombre del desafortunado operario que terminó con la ojiva.
En la esquina de Av. de Mayo y Salta, los ingenieros civiles C. Fernández Poblet y Alejandro de Ortúzar proyectaron, en 1908, el Gran Hotel Castilla y el teatro Avenida. Su fachada se perdió un 45% tras el incendio del Banco de Intercambio Regional (que ocupaba el antiguo hotel). El fuego que se produjo el 3 de abril de 1979 hizo perder tres pisos, coronamiento escultórico y remate en mansarda.
Detrás de de la malograda esquina del hotel, asomaba un templete que ya no existe. Era el remate de Yrigoyen 1208, un bello edificio de rasgos italianizantes que aún sobrevive, descabezado.
Otro remate, cruzando Salta, una pirámide trunca de pizarra se advertía coronando la actual Fundación Cassará.
En diagonal, el edificio del arquitecto triestino Gerónimo Agostini, sirve para ejemplificar magníficamente lo que en arquitectura se denomina linterna: un elemento en forma de tubo, dispuesto como remate sobre una cúpula, que mediante huecos permite la iluminación y la ventilación del espacio interior del edificio. La linterna del ex Hotel París se suma al catálogo de remates perdidos en edificios en pie. El edificio fue consolidado hasta las terrazas por la última intervención de la Dirección de Regeneración Urbana del Gobierno de la Ciudad en 2018. Los cinco remates del edificio –tres pequeños domos ciegos con pararrayos y los dos principales– no entraron en el master plan.
El arquitecto Juan Augusto Plou no usaba su primer nombre para firmar y dejó muchas esquinas porteñas con su impronta academicista, fruto de su formación en Francia. La gran casa de renta de Rodríguez Peña y Sarmiento es una más de su vasto catálogo. Todos los remates, el central y los menores, fueron planchados.
Un verdadero seleccionado de arquitectos participó en la erección de tres grandes edificios del Bajo: la Compañía de Navegación Nicolás Mihanovich, del arquitecto croata Joseph Markovich, el Palace Hotel, del noble napolitano Carlo Morra, marqués de Monterochetta, y el Banco Hipotecario Nacional, del arquitecto alemán Hans Altgelt, y su primo argentino, Carlos Altgelt.
La sede de la naviera perdió gran parte de la ornamentación del remate que sostiene el globo terráqueo y la totalidad de la cúpula con mansarda, y la figura de un galeón en escala que estaban sobre la salida de 25 de Mayo y Perón.
En el hotel, también encargado por Nicolás Mihanovich, desapareció una sucesión de torretas escalonadas. Solo quedó una y está tapiada con chapas desde hace años.
A continuación, el antiguo banco, hoy sede de la Cámara Nacional Electoral sufrió la destrucción de una gran torreta central con balcón, mansarda y reloj.
En Ayacucho y Paraguay, existe un impactante edificio academista francés del arquitecto galo Georges Delattre, que ha perdido todo el casquete y remate cónico de la cúpula que era, infrecuentemente, de base ovalada.
Delattre llegó a Buenos Aires junto a su colega Louis Faure Dujarric, como parte del equipo de Joseph Bouvard, el profesional contratado para trazar 32 diagonales en Buenos Aires.
La creación del arquitecto alemán Alfred Zucker para Ernesto Tornquist en Plaza San Martín, está hoy en plena refuncionalización, después de años de inactividad. Si bien era previsible que haya perdido la crestería y los ornatos de sus cornisas, sorprende hallar fotos antiguas que dan cuenta de un cuerpo central, de siete niveles, con ventanas y con un remate en templete, abierto, apoyado sobre columnas. Relevando fotos aéreas, puede inferirse que fue demolido entre 1929 y 1937.
Este edificio con farmacia en esquina aún está en pie en Paso y Avenida Córdoba, pero el planchado que sufrió es enorme: desapareció el casquete de la cúpula, una libélula de hierro y todas las molduras de querubines. La fantasía liberty del arquitecto Virginio Colombo a la hora de diseñar era ilimitada, mas no han quedado rastros. Hasta varias ventanas han sido tapiadas. Ni la puerta de exquisita factura modernista ha sobrevivido completa.
Bernardo Luis Fontan –sin acento–, es un pequeño misterio para la pequeña comunidad de investigadores de la arquitectura porteña. No se ha hallado aún dónde nació y dónde se formó. Cuando la Sociedad Central de Arquitectos cumplió 120 años, lo nombró póstumamente como miembro honorario, junto a otros profesionales que no habían estudiado en la Argentina ni habían homologado su título en la Facultad de Arquitectura, pero se ganaron el reconocimiento por su obra construida. La casa de renta con locales en la esquina de Billinghurst y Av. Rivadavia, es otro ejemplo de obra en pie descabezada.
El edificio proyectado por el arquitecto Gioja, en Av. Caseros 962, fue construido en dos etapas (primero uno, y luego, contiguo, otro idéntico). Las dos partes han perdido sus dos domos cuadriláteros con mansarda y remate en mirador con crestería. Se mantienen, felizmente, los detalles de figuras de grandes abejas sobre las puertas de acceso.
Arístides, Sócrates y Alfredo Ceci constituyeron una de las primeras mega empresas de construcción porteña. Levantaron palacetes, el Seminario Conciliar de Devoto, casas de renta, petit hoteles para proyectistas de la talla del ya mencionado Le Monnier o Alfred Massué, Pedro Coni, Lanús y Hary, Carl Nordmann y las familias Devoto, Urquiza, Roca, Ambrosetti, además de múltiples obras encargadas por la Iglesia Católica argentina.
Para 1965, los domos no estaban en las vistas aéreas disponibles.
En Vélez Sarsfield e Iriarte (Barracas), doña Antonia Iraola, viuda de Leonardo Pereyra y sus seis hijos impulsaron en 1904 la construcción de una Capilla dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, a través del arquitecto Rómulo Ayerza, parte del clan familiar, a imagen y semejanza de una iglesia de Francia. En 1913, un ciclón arrancó de cuajo a la ojiva que, según varias fuentes, era de madera y constaba de tres niveles de escaleras, linterna y una cruz de remate. Nunca se rehízo.
Este gran artista Saamer Fouad Makarius, nacido en El Cairo en 1924 y fallecido en Buenos Aires, ciudad donde vivió desde 1953, nos legó esta imagen de la cúpula ojival del edificio de la esquina de Av. Las Heras y Sánchez de Bustamante (frente al Cemic), en cuya planta baja funcionó muchos años la farmacia Link. Un gran documento en una zona donde no abundan las fotos antiguas.
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