Nickel Boys: el cine como una cuestión moral (*****)
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En A propósito de Niza, su primera película, Jean Vigo reivindicaba la necesidad, casi urgencia, del punto de vista. El cine probablemente no sea más que eso, que la correcta elección de un lugar desde el que mirar y, más importante, al lado de quien mirar. Y eso lo determina casi todo. Es, si se quiere, una elección moral. En el citado documental, Vigo retrataba la opulencia de la burguesía y su cámara se ofrecía, en este primer acercamiento al mundo, como un bisturí entregado a diseccionar con ironía el alma exhibicionista de una sociedad quizá ciega. Nickel Boys es una película enteramente construida desde el punto de vista con la radicalidad que exigía el director de L'Atalante. Y ese detalle, que en verdad es un posicionamiento al lado del que sufre, hace de ella una producción irrenunciable y profundamente bella. Estética por ética.
Toda la cinta adopta la mirada de su protagonista. Vemos lo que ve él, sentimos cada una de sus pasiones, alegrías, penas y, por supuesto, heridas. Pero lejos de ser un truco más o menos virtuoso o un puzle literario a la manera de Perec, la idea es reconstruir enteramente la realidad desde la constancia y necesidad de, efectivamente, un punto de vista que le dé sentido. Es una exigencia motivada por el argumento antes que un simple capricho. El recurso no es nuevo. Por irse al ejemplo canónico, Robert Montgomery ensayó algo similar en 1946 en La dama del lago. Aquella era una película basada en un texto de Raymond Chandler que jugaba a extremar el ambiente bronco del thriller con la agria limitación de un misterio apenas entrevisto. Y toda tan riguroso que solo los espejos descubrían el rostro del protagonista. Solo cuando precisamente Robert Montgomery se miraba a sí mismo, el espectador hacía otro tanto... en el rostro de Robert Montgomery.
RaMell Ross, autor previamente del ejercicio deslumbrante de no-ficción Hale County This Morning, This Evening, adapta la novela de Colson Whitehead del mismo título. Se cuenta una de esas historias tremendas, brutales y únicas que determinan la historia de un país entero. Y la determinan, primero por haber sido ocultada durante tanto tiempo y, posteriormente, por la imposibilidad casi material (más allá de toda moral) de asimilarla, de entenderla, de perdonarla. Durante más de un siglo, el reformatorio de Florida Nickel Academy para jóvenes negros se convirtió en una cámara de los horrores donde sus habitantes fueron sometidos de forma sistemática a todo tipo de abusos sexuales, mentales y físicos. Fue un auténtico exterminio metódico y perfectamente sistematizado que convirtió el centro en una auténtica fábrica de muerte. La película sigue la vida de Elwood (Ethan Herisse) y Turner (Brandon Wilson). Son amigos y comparten el dolor de estar vivos en la Nickel. Uno confía en la posibilidad de redención, él otro hace tiempo que abandonó toda esperanza. Y así.
RaMell Ross deposita la cámara, antes que solo colocarla, en la mirada de Elwood. De tanto en tanto, Turner oficia de espejo. Cambia la posición, pero, y esto es lo importante, el punto de vista permanece intacto, perfecto y transparente. Nickel Boys está planteada como una oda a todo aquello que salva, al último resquicio de vida en la inapelable evidencia del sufrimiento, del odio, de lo terrible. Todo el esfuerzo de la película consiste en algo tan básico como trasladar al espectador la ilusión de mirar desde los ojos del protagonista y hasta, siendo como es imposible, ser el propio protagonista. Sin melodrama, sin exhibicionismos huecos, lejos de cualquier intento de que el estilo se imponga sobre el dolor, lo que queda es una película esencialmente moral, emotiva hasta la desesperación y, pese a todo y contra todo, bella. Y todo con el convencimiento de que el cine, como mantendría Vigo, o es punto de vista o no es.
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Dirección: RaMell Ross. Intérpretes: Ethan Herisse, Brandon Wilson, Hamish Linklater. Duración: 140 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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