El último cartucho de la democracia alemana: el implacable Merz con los socialdemócratas
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Merz, 69 años, de perfil vivaz pero implacable, dice que quiere gobernar para todos los que piensan bien y con sentido común. “Se acabó la izquierda [en referencia al Gobierno rojiverde de Olaf Scholz], no hay ya una mayoría de izquierda, ni ninguna política de izquierda”. A Friedrich Merz, el próximo canciller, le conviene subrayar su perfil conservador, que él está a la derecha y que arrinconará a los ultras. Merz lidera el giro democrático a la derecha; pero dejando claro que no es un “new sheriff in town” (un nuevo sheriff en la ciudad), como ha calificado el vicepresidente estadounidense J. D. Vance a Trump.
Los comicios del domingo estuvieron marcados por la victoria de la Unión CDU/CSU (Unión Demócrata Cristiana y Unión Social Cristiana), que alcanzó el 28,5%, y por el ascenso de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), que dobló su resultado (20,8%, frente al 10,4% de 2021), pero no descolocó el equilibrio democrático.
Merz gobernará con los socialdemócratas en un momento de retos múltiples. El inminente: necesita dinero. Pero para aprobar mayores presupuestos o reformar el freno a la deuda deberá modificar la Constitución con una mayoría de dos tercios de la que carecerá en el Bundestag (la ultraderecha y La Izquierda se opondrían). Podría hacerlo con el Parlamento actual, antes de que el 24 de marzo concluya el periodo legislativo. Hay prisa: en 2029 se cuestionará la democracia, avisa el presidente de Baviera, el socialcristiano Markus Söder, socio de Merz. El tripartito de Scholz saltó por los aires porque no pudo financiar sus inversiones de futuro. Los liberales y los dos partidos de la Unión le negaron la reforma del freno a la deuda, anclado en la Constitución. Increíble la rapidez con la que Merz ha cambiado de tuerca.
Recesión, inestabilidad política, percepción de injusticia social… Esta no es la Alemania del consenso y el bienestar. La crisis y la incapacidad de maniobra (por falta de dinero) rompieron el tripartito de Scholz. En las elecciones anticipadas del domingo, los alemanes auparon a los conservadores de la Unión, pero expresaron también su descontento votando ambos extremos: al 20,8% de Alternativa para Alemania se suma el 8,8% de La Izquierda y el 4,97% de la formación populista BSW, la alianza de izquierda de Sahra Wagenknecht. Un descabellado 35%.
Lo inquietante es que a la Unión CDU/CSU le sigue una ultraderecha liderada por una Alice Weidel cada vez más descarada y desafiante. AfD duplicó su resultado de 2021, y tratará de pulverizar el centro democrático de la próxima coalición y convertirse en la primera fuerza en 2029. Mientras los partidos tradicionales menguan, se autoimponen un muro cortafuegos para impedir una coalición con AfD, calificada como parcialmente de extrema derecha.
Ante ello, Weidel ha lanzado dardos de fuego contra Merz, a quien acusa de “copiar los argumentos de política de asilo de AfD; pero no poder implementarlos por su futura coalición con los socialdemócratas”. Y ahí está la clave del próximo Gobierno: el implacable Merz, rígido hasta ahora en sus planes antiemigración y antiendeudamiento, gobernará con los socialdemócratas, que le harán aterrizar. En política migratoria no podrá ignorar las reglas europeas; y, en política fiscal, deberá reformar el freno a la deuda (el déficit anual no puede superar el 0,35% del PIB) si quiere despegar económicamente, invertir y financiar el futuro de su industria y de la defensa europea. Las concesiones forman parte de la democracia alemana. La única vez que la Unión consiguió una mayoría absoluta en Berlín fue en 1957, con Konrad Adenauer.
Son las primeras elecciones tras la agresión rusa y el factor desquiciante Trump. Con implicaciones tremendas para Alemania; también porque habrá que gastar más en defensa. Aunque la política exterior no haya sido un tema clave en estas elecciones, la guerra influyó en la ruptura de la coalición. Se rompió por dinero. Y el dinero dictará el curso del próximo Gobierno.
Poca economía
Scholz lo tuvo extremadamente difícil, pero Merz tampoco lo tendrá mejor. El próximo canciller quiso concentrarse en la economía; pero de economía apenas se habló en la campaña electoral. Se debatió sobre emigración. Ahora, con Trump estrangulando a Europa, está claro que Merz no solo reformará la ayuda social (el llamado dinero ciudadano) y controlará más la entrada de refugiados. Merz, quien empezó su carrera política en el Parlamento Europeo, ha reprochado a Scholz su poco peso en la UE y ha advertido de que se enfrentará con autoridad y resolución al trumpismo.
Alemania precisa un mayor margen fiscal para permitir mayores inversiones públicas en infraestructuras, para bajar los precios energéticos, para levantar la industria de armamento, para apostar por las tecnologías del futuro. La mayoría de la población desea un golpe de timón en política económica y migratoria. “Si no lo conseguimos, triunfarán los populistas en 2029″, advierte Merz. La realidad ya es que la ultraderecha se duplica; la socialdemocracia (SPD) se desmorona, con su 16,4%, el peor resultado desde su fundación en 1890; Los Verdes pierden también, del 14,7% al 11,6% actual. La Izquierda se consolida. Y los liberales (FDP) y los populistas de BSW no superan el 5% y se quedan fuera. El nuevo Gobierno supondrá un giro hacia la derecha y asumirá también una responsabilidad histórica: aunar el centro para detener el ascenso ultra.
El país está polarizado por un monotema, la emigración, que ha movilizado y desembocado en un elevado porcentaje de participación. En lugar de centrarse en sus argumentos políticos específicos, los partidos se dejaron llevar por el reto migratorio, siguiendo la pauta marcada por AfD, que hizo hincapié en las cuestiones de inseguridad ciudadana y justicia social (”¿vale la pena trabajar cuando mucha emigración logra vivir en Alemania sin hacerlo?”). No solo se benefició del voto protesta, sino también del voto convencido, por lo que habrá AfD para rato. Y Alemania no podrá resolver sus problemas estructurales tocando solo una tecla.
No obstante, todavía la mayoría interpreta como un escándalo que Weidel dijera a Musk en enero que Hitler era comunista y que coincidiera con él en que Alemania debería dejar de remover su pasado. Weidel: “El mayor éxito (…) fue calificar a Hitler como un conservador de derechas. (…) No era conservador. Era un tipo socialista y comunista”. El 25 de enero, Musk intervino en el congreso de AfD para apoyar a Weidel. Unos días antes se había celebrado a sí mismo en la fiesta presidencial de Trump con un gesto nazi.
Los socialcristianos bávaros, que gobernarán con Merz, anuncian que la primera medida del próximo Gobierno será el rechazo en las fronteras a quienes no tengan derecho a entrar en Alemania. Prometen acelerar el proceso de asilo, reconocer más países como seguros y devolver los refugiados a Siria y Afganistán. Quienes estén a la espera de volver a sus países recibirán lo mínimo: cama, pan y jabón. También apuestan por modificar el derecho europeo para que las peticiones de asilo se resuelvan en terceros países, en los que quedarse si se confirma el derecho de refugio. Söder elogia a Merz por recuperar “la ley y el orden” y posicionarse “en una línea dura”.
Merz promete competencia y autoridad. “Alemania solo puede ser tomada en serio si defiende, con la UE, sus propios intereses tan claramente como EE UU”. La defensa costará dinero. Y Merz deberá lidiar con la realidad… y con el freno a la deuda. Su nuevo Gobierno estará atado para Semana Santa.
EL PAÍS